Nuestra Amrica - Jose Marti (Ensayo)
Nuestra
América
José Martí
Cree el vanidoso que el mundo
entero es su aldea, y con tal que el quede de alcalde, o le mortifique al rival
que le quito la novia, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los
gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima,
ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido
engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos
tiempos no son para costarse con el pañuelo a la cabeza, sino con armas de
almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que
vencen a las otras. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos
naturales del país. Por eso el libro importado ha sido vencido en América por
el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados
artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay
batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la
naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia
superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o la ofende
prescindiendo de él, pero el tronco ha de ser el de nuestras Republicas. Estos
países se salvaran, porque, con el genio de la moderación que aparece imperar,
por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el
influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo
y falansterio en que se empapo la generación anterior, le está naciendo a América,
en estos tiempos reales, el hombre real. El genio hubiera estado en hermanar,
con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y
la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en
ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos
quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud
angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria
estéril, la cabeza coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto,
arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el
libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. No hay odio de razas,
enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el
observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde
resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal
del hombre. La generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los
padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el
lomo del cóndor, regó el Gran Zemí, por las naciones románticas del continente
y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
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